En una ocasión, charlando con un vecino en el portal de donde vivía, le comentaba yo sobre dejadez por parte de los responsables para acabar las obras de nuestra calle, aun con muchos inacabados y con guisas de ya quedarse así. De eso estábamos tratando. Era una conversación normal y donde, puntualmente, tuve que mencionar la responsabilidad del Ayuntamiento, lógicamente (no hay más responsable final). Ante eso último la reacción de mi vecino fue comentarme: “Uy, tú eres de los que no votan a Teófila!”, respuesta cargada de sensatez coloquial, supondría él y a cuento de no sé qué que no atañía precisamente al tema. Y en aquel momento el motivo de la conversación él lo convirtió en su parte interesada con tintes políticos. Mi respuesta fue decirle que él no era quien para juzgar qué pueden o no votar otros en su libertad, en aquel caso yo. Estaba claro que lo de la calle quedó por completo desechado y para mi vecino se convirtió sólo en una defensa de quien no la acabó en las obras, por ver un pequeño motivo en su contra.
Tras aquello y sin más causa, aquel señor dejó de hablarme. Estuvo varios meses con esa situación. Ni siquiera un simple saludo en el portal, si coincidíamos. Eso ocurriría sobre el verano. Pero ya en plena Navidad, una buena mañana me ve, se me acerca y me dice “Oye, José Luis… yo creo que, por la fecha en la que estamos, deberíamos acabar con lo nuestro”. Yo le respondí: “¿Lo nuestro?... será lo suyo, ¿no?. Y váyase usted al carajo”. Sé que mi respuesta no fue la más educada, pero sí era la obvia y posiblemente merecida. Porque este tipo de gente es la que acomoda cada circunstancia de todos a la de ella. Y le gusta manejar situaciones en las charlas, momentos o reuniones. La usual que, si algo no es como piensa ella, añade: "Qué sabrás tú!", broche que zanja su discusión y busca comer el terreno de cualquiera en frente. Y yo seguí tan pancho, porque de otra manera no se puede seguir, claro. Él sí que se enfadó bastante, aunque me queda la duda si fue por reconsiderar su exceso de libertad al juzgar en un principio o por mi piropillo final que le di.

En alguna comparsa me ha pasado algo así. Ha habido quien ha pretendido comerme el terreno de tontísima manera. Y no sé si en un alarde suyo de demostración ente los demás. Incluso se ha llegado al caso de, por asuntos exclusivamente personales y gran discrepancia particular, convocar una reunión a mis espaldas, no sin la sorpresa de una mayoría que no entendía aquello, pues la verdad nunca se cuenta, todavía menos sin estar el interesado para poner su versión. Es como una lucha de poderes (fitetú) para demostrar hasta donde “manda” cada cual, cosa absurda porque yo nunca me he movido así. Incluso en algún caso específico hasta se planteó desde el amotinado (algún director) negárseme mi única parte con intento de apoyo desde los demás del grupo (algo no tan fácil). No tengo que decir que, una vez sabido lo de la reunión escondida, yo hago otra posterior y anulo la anterior. Porque, ya puestos en el “a ver quién manda” aporto mi granito de arena indiscutible. Y como resulta que, según el reglamento del COAC, los autores son siempre los máximos responsables de sus agrupaciones, definitivos representantes legales, delegando (y obviamente si lo creen oportuno, desdelegando) en cualquiera que asignen, pues el director en cuestión queda automáticamente destituido. Faltaría más!. Eso sí, si quiere seguir siendo director lo puede llevar a la práctica aunque ya muy lejos de mi repertorio, porque se ha dado algún caso de quien ha pretendido continuar actuando con lo que yo hice, ganando pasta e impidiéndoseme el mínimo beneficio de mi esfuerzo y compromiso, que nunca fue distinto ni mayor que del resto. Esos conatos de insurrección con un trasfondo de celo y arrebato, hasta en compañía de agregados "llevados al huerto", son fáciles de atajar cuando lo de uno es de uno y de nadie más, simplemente. Y así son las cosas de crudas y a la vez sencillas.
Lógicamente casos así los han vivido otros compañeros del Carnaval en sus agrupaciones, aunque no sean tan frecuentes ni dados a conocer. Son partes oscuras de la fiesta de las que nunca se sabe, pero derivan después en comentarios escondidos, menosprecios públicos o en corrillos también, desde los ingratos y traidores. Sólo porque alguien en su derecho a otro no le permitió quitarle tan gratuitamente lo que le pertenecía, fruto de un desencuentro ajeno a lo carnavalesco.
En cualquier director que yo haya tenido, lo primero que he querido ver en él es a un amigo, no expresamente un director. Porque, sinceramente y sin que suene a presuntuoso, a mí, dados casos así, ¿un director de esos?… nunca me hizo falta. Tengo más oído que él de aquí a la Habana y de la Habana a aquí. Voz posiblemente no, pero eso no importa mucho, porque en un día de catarro, sin la voz te quedas en pelotas. El amor propio me queda muy por delante de la mejor afinación y sin que tenga por qué ser Navidad.
Sobre lo que es un buen director ya hablaré y con todo el respeto que se merece. Por supuesto.
Venga, un saludo a todos.
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